jueves, 24 de febrero de 2011

Vocación y Misión


Cada hombre tiene una misión, misión divina que cumplir, ya sea sacerdocio, matrimonio, trabajo manual, en que cada uno trabaja con la perfección del que hace una obra divina que tiene proyección eterna.

Cada uno de nosotros tiene una vocación especial y no hay dos que tengan la misma vocación. La vocación no se dará a conocer únicamente por el puesto que uno tiene en la vida sino también por la iluminación y estímulos de la gracia que da Dios en las secretas moradas que tiene en el alma. La perfección consistirá en realizar estas vistas divinas: cumplir la voluntad de Dios. El fervor se manifiesta por el cumplimiento mandamientos, pero no consiste en cumplimiento, sino en fervor y caridad como principios de acción (la buena voluntad).

Cumple tú la misión que te ha sido confiada, tu pequeña misión, la que sólo tú puedes cumplir; tú solo en toda la creación puedes llenar esa misión. Si no la realizas quedará sin hacerse, ¡tu misión!, misión de generosidad.

Junto a Cristo estamos llamados a luchar como oficiales, juntos con los confesores y mártires, cada cual a su modo, según su profesión y capacidad. Cada uno esté firme en su puesto y busque su trabajo y su método que cuadre a su misión y a su tiempo. ¡¡No espere inútilmente avisos y que le den un programa hechito!!

La misión del universitario es la del estudioso que traduce esos ideales grandes del hombre de la calle en soluciones técnicas, aplicables, realizables, bien pensadas.

La vocación divina es como un aguijón que puncetea y no deja descansar, persigue. A veces en el fondo del alma habla en forma inconfundible.

La vocación es una elección gratuita de Dios. No basta ser una persona virtuosa para pensar que sus virtudes han de terminar necesariamente en el sacerdocio.

Mi generosidad: desplegar todas mis capacidades. Mi responsabilidad: mi obra, la que Dios espera de mí, no puede hacerla nadie. Cada uno su obra, ¡hasta el tonto!

Por consiguiente si yo por capricho no sigo la vocación que Dios me había reservado, como el medio más proporcionado a mi salvación, me expongo contrariando los designios de Dios sobre mí a romper esa cadena de gracias especiales que habrían sido el premio de mi fidelidad.

Que cada día sea como la preparación de mi muerte, entregándome minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puede hacer sino yo.

P. Alberto Hurtado